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domingo, 8 de enero de 2017
lunes, 2 de enero de 2017
Dios proveerá
El piano cayó del cielo, por suerte, sin aplastar a nadie. El coche que pasaba por la nacional, porque por la autovia se pagaba peaje, se estampó contra el.
Por el arcén un asno acompañaba al perro andaluz, que andaba cojo.
Por el arcén un asno acompañaba al perro andaluz, que andaba cojo.
Dadle al César lo que es del César
El relato adquiere forma en la mente de Pablo muy perezosamente, como un niño que se niega a levantarse de la cama el primer día de colegio, y el segundo, y el tercero. Lo tiene ahí, en la punta de alguna neurona. Lo ve: es una hoja de papel en miniatura con patas y facciones humanas. Está saltando, riendo, sacándole la lengua, agitando los brazos: se burla de él. No puede soportarlo.
El grito lo advierte de que hay algo mucho más urgente que requiere su atención.
La ambulancia lleva volando a Bea, que entre temblores y suspiros, se concentra en respirar y espirar, respirar y espirar. El bisturí le atraviesa el abdomen y ella llora. No podrá dar a luz naturalmente, el bebe morirá ahogado por el cordón: tiene que ser cesárea. Siente los guantes de látex rebuscando en su interior, llenándola de frío.
El cerebro de Pablo lucha por no desmayarse y, a la vez, seguir trabajando en esa historia que se le resiste. Encima, apunta a ser una genialidad, un éxito: algo íntimo, conmovedor y primitivo, que nunca antes había escrito.
Aguanta. Aguanta, Bea, preciosa.
Ya casi está. Aguanta.
No puede escuchar, se parte en dos del dolor. Solo piensa en su hijo y en su vientre, que está abierto de par en par. La mente de Pablo, en cambio, sigue cerrada en banda.
Un piececito. Una cabeza bañada en sangre y placenta.
El cordón, cortadlo, rápido. Venga, ¿a qué estáis esperando?
Algo se enciende: luz, deprisa, momentáneo, fugaz. ¡Eso es!
Llanto.
Es una niña.
Ha sido un parto.
El grito lo advierte de que hay algo mucho más urgente que requiere su atención.
La ambulancia lleva volando a Bea, que entre temblores y suspiros, se concentra en respirar y espirar, respirar y espirar. El bisturí le atraviesa el abdomen y ella llora. No podrá dar a luz naturalmente, el bebe morirá ahogado por el cordón: tiene que ser cesárea. Siente los guantes de látex rebuscando en su interior, llenándola de frío.
El cerebro de Pablo lucha por no desmayarse y, a la vez, seguir trabajando en esa historia que se le resiste. Encima, apunta a ser una genialidad, un éxito: algo íntimo, conmovedor y primitivo, que nunca antes había escrito.
Aguanta. Aguanta, Bea, preciosa.
Ya casi está. Aguanta.
No puede escuchar, se parte en dos del dolor. Solo piensa en su hijo y en su vientre, que está abierto de par en par. La mente de Pablo, en cambio, sigue cerrada en banda.
Un piececito. Una cabeza bañada en sangre y placenta.
El cordón, cortadlo, rápido. Venga, ¿a qué estáis esperando?
Algo se enciende: luz, deprisa, momentáneo, fugaz. ¡Eso es!
Llanto.
Es una niña.
Ha sido un parto.
Lolita (II) y la caperuza
El señor del bigote y los ojos oscuros se relame las fauces cuando mira a la chiquilla de la piruleta roja, la blusa blanca y corta, y los shorts vaqueros. Le asoma el ombligo, y una lengua deliciosa y colorada entre los labios. Sus dientes pequeños se han teñido de rojo también por el dulce. Sus trencitas morenas tintinean cada vez que se ríe, siempre a carcajada limpia.
- Hola, dígame - la mirada acuciante de la empleada que lo atiende exige una respuesta, un menú, y rapidito, que es para hoy. Se llama Lolita.
Entonces recuerda una novela, un escritor ruso, un bosque tenebroso, una abuela, un profesor, un lobo feroz, una cesta, y una chiquilla con una piruleta, trenzas morenas y bailarinas, alma de caperuza roja, una blusa blanca por encima del ombligo...
Cuando vuelve la vista atrás, al fondo de la cola, lo deslumbra una sonrisa sonrosada.
- Hola, dígame - la mirada acuciante de la empleada que lo atiende exige una respuesta, un menú, y rapidito, que es para hoy. Se llama Lolita.
Entonces recuerda una novela, un escritor ruso, un bosque tenebroso, una abuela, un profesor, un lobo feroz, una cesta, y una chiquilla con una piruleta, trenzas morenas y bailarinas, alma de caperuza roja, una blusa blanca por encima del ombligo...
Cuando vuelve la vista atrás, al fondo de la cola, lo deslumbra una sonrisa sonrosada.
Lolita
Carolina sabía que tenía nombre de reina, de dama, de princesa. Era melodioso y musical. Era un nombre elegante, sin duda. Por eso, cuando le dieron en blanco su tarjeta identificativa, escribió Lolita. Prefería oír decir a los críos que Lolita les había servido su Happy Meal, con su hamburguesa, sus patatas fritas, su bebida y su regalo, siempre con una sonrisa.
Lolita trabajaba en un antro de comida rápida y atendía a niños que, si no tenían sobrepeso, lo tendrían dentro de muy poco. Carolina era la de la carrera en Biología y los dos masters. La reina, la dama, la princesa. La del nombre elegante, y melodioso, y musical...
Lolita trabajaba en un antro de comida rápida y atendía a niños que, si no tenían sobrepeso, lo tendrían dentro de muy poco. Carolina era la de la carrera en Biología y los dos masters. La reina, la dama, la princesa. La del nombre elegante, y melodioso, y musical...
Dos puntos de vista
La muñeca de porcelana intentaba no pensar en esos ojos azules con pestañas pintadas sobre piel de plástico que la miraban fijamente. Ese no era el sitio de la muñeca rubia. La niña, al finalizar el juego, habría colocado esa nueva muñeca en la estantería de las antiguas, y ahora la había extraviado.
- ¿Qué haces? ¿Por qué me miras de esa forma?
Barbie frunció el ceño.
- Yo no te miro. Que vanidosas sois las de porcelana... Os pensáis que, por ser más viejas, tenéis más valor...
Si su rostro fuera rostro y no pintura, se habría enrojecido.
- ¡Será que las nuevas generaciones sois mejores! Con ese cuerpo de petróleo coloreado, el cabello teñido, bolsos conjuntados, pintadas como una puerta... ¡A esas en mi época se las llamaba unas cualquiera!
Los labios de Barbie se abren en señal de sorpresa.
- ¿No te sientes incomoda, rígida en un cuerpo de cerámica pulida, que puede romperse en cualquier momento, oprimida y reprimida por corsés, enaguas, lazos, quehaceres, y el cabello rizado con unas tenacillas al rojo vivo?
- ¿Y tú? ¿No te entra frío con tan poca ropa, ni miedo cuando los hombres siguen con la mirada hacia esas piernas largas, flexibles...? ¿No crees que vales algo más que tu plástico y esa mano de pintura que siempre llevas?
La puerta se abre y ambas callan y sonríen. La niña mira la estantería del fondo extrañada.
- ¿Qué haces? ¿Por qué me miras de esa forma?
Barbie frunció el ceño.
- Yo no te miro. Que vanidosas sois las de porcelana... Os pensáis que, por ser más viejas, tenéis más valor...
Si su rostro fuera rostro y no pintura, se habría enrojecido.
- ¡Será que las nuevas generaciones sois mejores! Con ese cuerpo de petróleo coloreado, el cabello teñido, bolsos conjuntados, pintadas como una puerta... ¡A esas en mi época se las llamaba unas cualquiera!
Los labios de Barbie se abren en señal de sorpresa.
- ¿No te sientes incomoda, rígida en un cuerpo de cerámica pulida, que puede romperse en cualquier momento, oprimida y reprimida por corsés, enaguas, lazos, quehaceres, y el cabello rizado con unas tenacillas al rojo vivo?
- ¿Y tú? ¿No te entra frío con tan poca ropa, ni miedo cuando los hombres siguen con la mirada hacia esas piernas largas, flexibles...? ¿No crees que vales algo más que tu plástico y esa mano de pintura que siempre llevas?
La puerta se abre y ambas callan y sonríen. La niña mira la estantería del fondo extrañada.
domingo, 1 de enero de 2017
El monstruo que no salió de debajo de la cama
Burbuja burbujeante
De cieno y de escarcha
Burbuja burbujeante
Que me cruje en la garganta
De cieno y de escarcha
Burbuja burbujeante
Que me cruje en la garganta
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